Hay historias que si no las vives en carne propia, probablemente no creerías. Jamás pensé que a mí, una mujer embarazada, la propia familia de mi marido podría echarme de casa señalándome con el dedo como si fuera una extraña. Aquel día yo estaba de pie en mitad del salón, con las manos instintivamente sobre mi vientre. El bebé que llevaba dentro apenas tenía dos meses, una vida que aún no había tomado forma y ya tenía que escuchar palabras tan crueles.